jueves, octubre 05, 2006

La demarcación geográfica de la vida moderna: la ciudad y sus tragedias de Adriano González León

Una de las cifras de la contemporaneidad es lo urbano, por lo cual es en este espacio, en gran medida, donde el discurso erótico se desenvuelve, se despliega...

en ese espíritu la siguiente reflexión

"Hace unos días, quizás unas semanas, los grandes edificios cercanos a la avenida Miranda, por el sector de Los Palos Grandes, fueron desalojados en una operación relámpago, casi increíble en esta ciudad de ineficacia y basura. Cientos de personas bajaron a la calle, alarmados y sorprendidos ante la manifestación de un movimiento sísmico. La eficacia de los organismos encargados de semejantes emergencias me sorprendió enormemente, hasta el punto que me hizo perder el miedo que me acompaña todo el tiempo. Algunos dirán que si no me da vergüenza decir que tengo miedo. Claro que no. Además, en una ciudad con 12 asesinatos todos los días, con miles de asaltos en barrios y urbanizaciones, con la increíble impunidad del hampa y la complicidad de los cuerpos armados, no es miedo, es terror, es cualquier cosa la que uno siente y sobre todo si se añade a la ansiedad frente a unas estructuras tambaleantes y el sórdido rumor de un terremoto. Esta vez volvió la calma y yo pude llegar a mi destino.

Pero los sismos repiten, se hacen presentes en cualquier segundo, juegan con nuestra pobre indefensión, señalan la inevitable y desesperada conducta de la naturaleza. Aún no hay una fórmula definitiva para la previsión de semejantes catástrofes y nuestra ciudad contiene una historia trágica en torno a esta desaforada conducta de las capas terrestres y, justamente, lo que más mortifica es su condición inesperada y la completa incapacidad para defenderse o ayudar a socorrer a las víctimas.

Uno sabe entendérselas, e incluso hasta ensañarse, con las palabras y las imágenes. Pero, cómo prestar ayuda con tu inutilidad intelectual, con tu absoluta ignorancia en primeros auxilios y aún más, ¿cómo hacer para trasladar un cadáver? Todo esto invita a reflexionar, a quedarse mudo ­uno tan hablador-, a medir las distancias entre las historias imaginadas y las historias reales, los juegos de la figuración y los hechos puestos allí, de frente, con una realidad tan real que ni siquiera la habías ideado.

Sólo nos queda repasar las tragedias. Tratar de informarse sobre la condición y efectos de los terremotos y saber que hay diferencias entre intensidad y magnitud de los mismos. Ellas han sido medidas por las llamadas escalas de Richter y Mertcali. Y leer que "el número de muertos y heridos no depende directamente de la intensidad, el tipo y calidad de las edificaciones afectadas es, por el contrario, fundamental en ese sentido." Terremotos y volcanes, con sus diferencias y sus motivos causales, según los especialistas, dependen del asentamiento de la corteza terrestre o del gran magma que asciende para buscar cristalización o gasificación. Se ha dicho siempre que en Venezuela no hay volcanes. Pero debemos ocuparnos de los terremotos. Hay una palabra feísima que usan en los manuales: "seísmo". Uno siente que debe ser más destructora que un sismo. Las estadísticas señalan 40 estremecimientos implacables y entre ellos cuatro como el de Kansu, China, con 180.000 muertos en 1920; el de Kwanto, Japón, con 140.000; el del Perú con 50.000; y el de Concepción, Chile, con 25.000. Nuestros sismos han sido más modestos pero igualmente aterradores. Para 1641 Caracas apenas comenzaba pero ya era punto atractivo para los piratas y, por supuesto, había desentendidos violentos entre sus autoridades. La ciudad veía pasar por sus calles al loco Saturnino, hablador, vago y andrajoso. Se detenía en cada esquina y soltaba un estribillo lento y doliente: "¡Qué triste está la ciudad, perdida ya de su fe, pero destruida será, el día de San Bernabé, quien viviere lo verá! Saturnino avanzaba de calle en calle con sus siniestros presagios. Todos hacían burla cuando en las puertas de los templos y los alrededores de la Plaza Mayor, con el rostro sereno y apacible, con sus ojos perdidos en la lejanía, soltaba el loco su fatídico: "Pero destruida será". Saturnino estuvo hasta el atardecer recitando su mensaje desolador. Por la noche, con una gran piedra a las espaldas, mudo, solitario, sin voltearse una sola vez para mirar la ciudad, subió por las colinas del oeste para pasar la noche al descampado. Allí lo despertó el estruendo de las campanas y los gritos de las gentes que pedían misericordia.

Por un informe enviado al Rey Felipe IV por el obispo Fray Mauro de Tovar, en un elegante y novedoso decir, sabemos del desastre: "No hubo casa, una ni ninguna, de piedra o rafa o tapia, que no viniese totalmente al suelo o por lo menos no hiciese tan grande sentimiento que se pueda en muchos tiempos vivir". Fray Mauro no amengua de todos modos su odio al gobernador. Con muestras de coraje, entró al Templo Mayor en ruinas y sacó la Custodia para bendecir, desde los restos de puerta, a la población despavorida. El pueblo no aceptó la propuesta de una mudanza para la sabana de Chacao. Prefirió seguir allí entre su miseria, sus ruinas y sus muertos. Ruinas y desolación que volverán el año de 1812 y también serán atribuidas a los rencores de las autoridades, al desacato al poder real, a las rencillas que siempre durante los años coloniales, los de la independencia y los de ahora, han sacudido a Caracas. Quizas el último azote registrado por los sismógrafos de 1967 no esté totalmente inscrito en las especulaciones comentadas. Pero los movimientos de los últimos días, ante el difícil acontecer ciudadano y nacional, parecieran provocar cavilaciones y reservas. La ciudad siempre ha sido terrible para enviar sus mensajes. Posiblemente sea la misma envoltura que junta el amor y el odio. Cuando Fray Mauro de Tovar, el corajudo obispo, sacudió sus zapatillas sobre la orilla de la canoa que lo llevaba al barco, acompañó su gesto con estas palabras: "¡De Caracas no quiero ni el polvo!" (el nacional)

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